La “locura” de Vincent van Gogh

Cuando se nombra a Vincent van Gogh, muchas personas reducen toda su obra al episodio con su oreja. Olvidan su enorme cantidad de trabajo, sus enseñanzas y el gran aporte que le hizo a la historia del arte. Un día como hoy, hace 130 años, murió, pero de inmediato tomó sus pinceles y se subió al tren de los imprescindibles. Por eso, lo recordamos.

La esquizofrenia y la locura no son creadoras de arte; si así fuere, los sanatorios estarían plagados de grandes artistas. Por lo tanto, antes de reducir la capacidad creativa de Vincent van Gogh y sólo hablar de sus enfermedades mentales, es necesario conocer su trabajo, su pensamiento, su compromiso y su formación. Así, evitaremos caer en imaginarios banales e irrespetuosos con uno de los hombres más talentosos de la historia y quien apenas vivió 37 años en esta tierra.

Lo primero que surge como moneda de cambio cuando se menciona a van Gogh es su oreja, pero eso fue un episodio minúsculo de una crisis y no la gran obra de su vida. Yo mismo me quitaría una oreja si pudiese, al menos, tener su dedicación y su forma de ver el mundo. Justamente un 29 de julio de 1890 Vincent partió de este planeta, pero sus colores le ofrendaron la inmortalidad. Por eso, hoy merece la pena recordar su inmenso aporte dentro de las bellas artes.

De esto muy poco se habla y hay que empezar a hacerlo. Es necesario señalar, por ejemplo, su comprensión social y su don de gente. Buscando su lugar en la vida, el joven Vincent saltó de trabajo en trabajo. Primero en La Haya, luego en Londres, Paris, Dordrecht y finalmente decidió iniciarse como misionero cristiano e intentó formarse para pastor. No tuvo éxito, porque al entrar en contacto con los mineros empezó a comprender las desigualdades y su compromiso trasgredió las reglas del mero observador que no se compromete. Su temperamento artístico lo motivó a sentir como propio el sufrimiento de los desfavorecidos y eso no fue bien visto por su comunidad religiosa.

En ese proceso de misionero, se puede ubicar su germen para pintar los rostros que antes jamás estuvieron pensados como piezas de los museos más importantes del mundo. Vincent lo consiguió, pues hoy esos rostros de aldeanos pobres se encuentran desde la Galería Nacional de Arte en Washington, hasta el Museo de Arte de Hiroshima, con todo lo que eso significa. Él sabía que tenía un rol fundamental en la historia de la humanidad, por eso pintó sin descanso y su guerra la dio con su paleta como trinchera. Así lo escribió: “Felizmente, Gauguin, yo y otros pintores, no andamos armados todavía de ametralladoras y otras nocivas máquinas de guerra. Yo, por mi parte, estoy muy decidido a no tener más armas que mi pincel y mi pluma”.

Su revolución no pensaba en combates, sino en darle representatividad, desde el arte pictórico, a los seres humanos marginados: “hay que pintar a los aldeanos como si fuéramos uno de los suyos, sintiendo y pensando como ellos mismos”. Esta frase es en sí misma un pilar formativo de la etnografía y él estaba consciente de esa relación que debe tener el pintor con su entorno, pero no para copiarlo, sino para crear a partir de un conocimiento profundo del paisaje y su gente: “esto es realmente pintura, y es más hermoso que la imitación de las cosas mismas […] no renuncio a la idea que tengo sobre el retrato, pues defender esa idea es muy importante, enseñarle a la gente que lleva dentro algo más que lo que la fotografía con su aparato puede sacar”.

Logró su propósito, pero no fue sencillo. Vincent no podía presenciar la crueldad sin que eso lo afectara. Él intentaba enmendar las injusticias de otros, como le sucedió en el crudo invierno europeo de 1882, cuando decidió sacrificar su cerveza diaria, su café y su pedazo de pan por ayudar a una mujer abandonada en la calle; a quien, posteriormente, usó de modelo. Rompió los esquemas y buscó la belleza en la dureza de la realidad. Así se lo contó a su hermano Theo en las cartas espléndidas que le escribió y que hoy nos permiten destacar estos pequeños fragmentos: “este invierno he encontrado una mujer encinta, abandonada por el hombre de quien llevaba el niño en su cuerpo. Una mujer encinta que, en invierno, erraba por las calles, que debía ganar su pan tú sabes de qué manera. Yo he tomado a esa mujer como modelo y he trabajado con ella todo el invierno […] Me parece que cualquier hombre que valga por lo menos el cuero de sus zapatos, al encontrarse ante un caso semejante, hubiese hecho lo mismo”.

Un lector insaciable

Otra de las facetas de van Gogh fue la de devorador de libros. Él adquirió el hábito de la lectura y de esa forma vinculó su búsqueda artística a un diálogo constante con enormes maestros de la literatura como Tolstoi, Dostoievski, Dickens, Víctor Hugo, Michelet, Zolá, entre otros. Al vincular párrafos y colores, Vincent logró una analogía brillante con dos apellidos que él admiraba y que son referentes indiscutibles de las bellas artes: Shakespeare y Rembrandt. Con lucidez poética, explicó: “lo que sólo o casi sólo Rembrandt tiene entre los pintores, esta ternura en la mirada de los seres, que vemos sea en los Peregrinos de Emaús, sea en la Novia judía, sea en tal figura extraña de ángel […] esa ternura afligida, este infinito sobrehumano entreabierto y que entonces parece tan natural, aparece en Shakespeare repetidas veces. Y luego, los retratos graves o alegres, tales el Six y el Viajero y la Saskia; es sobre todo aquí, donde alcanza la plenitud”.

Los maestros formativos de Vincent le permitieron dar ese otro paso en sus pinturas. Él quería que el espectador sintiera que sus cuadros estaban vivos, por eso pensaba en asociar su arte con la música de Wagner, pues buscaba mayor dinamismo y menos rigidez. Vincent deseaba capturar en la pintura un paisaje real y así lo expresaba, por ejemplo, refiriéndose a un aldeano pintado por Millet que él admiraba: “¡su aldeano parece pintado con la tierra que siembra!

A la par, Vincent vivía para trabajar y convencido de que su camino debía ser honesto y comprometido con su arte. Con esto en mente, escribió una de sus frases más célebres y que hoy se hace seminal para superar esos momentos en los que surgen los bloqueos creativos: “Si algo en el fondo de ti te dice: ‘tú no eres pintor’, es entonces cuando hace falta pintar y esta voz se callará, pero solamente por este medio”.

El medio para silenciar todas las voces era el trabajo dedicado. Por eso, pensaba en los pintores como obreros del pincel. Para van Gogh, un artista era aquel que había alcanzado la perfección y ese sitial era demasiado exclusivo. Él, por el contrario, se veía como un pintor que en cada jornada daba todo de sí, con la única certeza de que jamás alcanzaría algo como la perfección. Esa idea se mantiene, y sólo por citar un ejemplo, el referente de la pintura colombiana David Manzur detesta que le digan maestro exactamente por lo mismo. Para él, un maestro es alguien cuya obra no avanza porque ya llegó a la cúspide creativa y eso significaría dejar de buscar diferentes maneras de pintar. Algo queda claro, el pintor verdadero no vale por su excentricidad, su valor real se lo otorga el trabajo y eso lo tenía totalmente claro Vincent van Gogh.

Fuente: El Espectador

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